elrow Town 2026, el idilio con Torrejón de Ardoz continúa

El macro-festival volvió a reunir a más de 35.000 personas en una divertidísima jornada donde el envoltorio tiene más peso que la música


Hubo un momento, sobre las cinco de la tarde, en el que elrow Town Madrid 2026 dejó de parecer un festival de música electrónica para convertirse definitivamente en un parque temático para adultos con resaca emocional pospandémica. Confeti disparado como si sobrara papel en el planeta, actores disfrazados de criaturas imposibles invadiendo los caminos, hinchables gigantes, performances delirantes y 35.000 personas moviéndose entre escenarios como quien cambia de atracción en PortAventura después de dos vodka-red bull. Y, sinceramente, ahí está la clave del éxito de esta segunda edición en Torrejón de Ardoz: elrow desde hace mucho que ya no vende música, vende estímulos. Y no os vamos a engañar ¡TE DIVIERTES!

Porque sí, el evento volvió a triunfar. El Recinto Ferial de Torrejón funcionó otra vez como esa ciudad paralela que elrow lleva años construyendo y que honestamente creo que ha encontrado su lugar idílico para albergar ocho escenarios, doce horas de espectáculo continuo y una producción descomunal capaz de convertir cualquier rincón en una foto para Instagram o en un vídeo para TikTok. La sensación permanente era la de estar dentro de una rave diseñada por un comité de creativos hiperactivos después de una semana encerrados viendo a los Looney Tunes y escuchando tech-house.

El problema es que, en muchos momentos, la música parecía lo de menos. El escenario principal fue el ejemplo perfecto. Mucha gente, muchísimo ruido visual y una programación pensada más para acompañar el caos festivo que para provocar algo musicalmente memorable. Joris Voorn ofreció un set elegante, melódico y técnicamente impecable y amoldándose al tipo de público que tenía enfrente lo que para un servidor le hacía perder tensión para apostar por la verbena. En una plaza tan absurdamente gigante tienes dar impacto constante al respetable. Rindió por debajo de sus posibilidades pero es dónde le había tocado torear.  

El b2b entre Nic Fanciulli y Butch aportó algo más de groove y cierta sensibilidad house que se agradeció muchísimo. Sin revolucionar nada creo que fue uno de esos sets que más brillaron por el divertimento sin complejos. También sabían donde estaban y se alineaban con la propuesta. 


Después llegó Paco Osuna y el asunto se volvió todavía más contradictorio. El público conectó de inmediato con un tech-house ramplón, de drops previsibles y loops diseñados para levantar vasos al aire cada treinta segundos. Funcionó, claro que funcionó. La pista estaba entregada. Pero precisamente ahí aparecía cierta tristeza: uno de los nombres históricos del techno español abrazando una fórmula cada vez más vacía y funcional. Todo correcto, todo efectivo y todo completamente olvidable a los diez minutos. Música fast food para un festival que vive del exceso.

En esas llega un Luciano que, probablemente, fue el único del mainstage que entendió que todavía había margen para proponer algo diferente. Su cierre tuvo personalidad, espacio, hipnosis y cierta oscuridad elegante que contrastó con el tono general del festival. Apostó por algo más serio, menos obvio, y aunque seguramente perdió a parte del público que solo quería otro subidón inmediato, ganó musicalmente por goleada. A estas alturas de la película fue el único momento en el que el escenario principal pareció recordar que estaba en un festival electrónico y no en una verbena futurista patrocinada por el algoritmo.

Mientras tanto, la famosa carpa de 240Kmh directamente daba miedo. Un bloque humano imposible de atravesar desde primera hora. Ni siquiera hice el ademán de entrar. Desde fuera se intuía una mezcla de hard dance, sudor y supervivencia colectiva bastante incompatible con cualquier intento de disfrutar mínimamente de la música. Elrow ha perfeccionado tanto el arte de generar FOMO que a veces la experiencia consiste simplemente en asumir que no vas a poder acceder a la mitad de las cosas.

Mucho más agradable resultó perderse por Psychowdelic Stage. Allí había un ambiente repleto de sonidos más houseros y esa sensación extraña —y valiosa— de poder bailar sin estar permanentemente empujado por una marea humana, aunque también estuviera hasta arriba. Bailar entre árboles y personajes absurdos a plena luz del día tenía bastante encanto. De hecho, como suele pasar en los festivales gigantes, era en los escenarios pequeños donde realmente aparecían las cosas interesantes. DJs menos evidentes, menos postureo y más margen para la sorpresa. Aquí hay que hacer mención al escenario de Plata o Plomo con los amigos de Wololo Sound desatados, también muy serio todo lo que se escuchó en Pink Cathedral y ciertos sets en escenarios minoritarios como The OCB (ojo a Jay Luna) o The Jail. 


Pero claro, ahí surge otra contradicción inevitable: no pagas casi 100 euros para acabar refugiándote en los escenarios secundarios mientras el principal funciona como un parque de atracciones sonoro. En este contexto también hay que hacerse alguna reflexión como lo de darlo todo al ritmo de Salomé de Chayanne en Rowcio como si estuvieras en la zona de pubs de Gandía en 2003. La descontextualización llevada al extremo. Pero cada cual que sea feliz con lo que le guste. 

Porque quizá ya no importa demasiado qué pinchan los DJs mientras todo sea gigantesco, colorido y constantemente fotografiable. El festival ha entendido mejor que nadie hacia dónde va cierta cultura de eventos electrónicos: menos club, más experiencia; menos escucha, más contenido; menos música como centro y más música como banda sonora de una hiperactividad colectiva cuidadosamente diseñada.

Puede que los puristas salgan frustrados. Puede que muchos sets se olviden antes de llegar al parking. Pero mientras 35.000 personas sigan saliendo convencidas de haber vivido “algo increíble”, elrow seguirá reinando en su propio caos. Hoy salen a la venta las primeras 5.000 entradas de la edición 2027 que se celebrará en el mismo recinto por tercer año consecutivo, se venderán en un suspiro porque el cartel ya es lo de menos. El idilio de la marca continuará con esta localidad madrileña. Y lo auguramos durante muchos años porque si algo funciona ¿para qué cambiarlo?

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