Nuevas sedes, más inmersión y tecnología crítica reforzando su apuesta por las realidades extendidas y la creación sonora
L.E.V. Festival celebra su 20ª edición ampliando horizontes y reafirmando su identidad como uno de los encuentros más singulares entre arte, tecnología y sonido. La incorporación de la Iglesia de la Laboral como nuevo espacio marca un punto de inflexión en una programación que se despliega entre lo sensorial, lo experimental y lo especulativo.
Bajo la mayor cúpula elíptica de Europa, el artista Enrique del Castillo presenta Umbráfono, una performance que transforma el cine en materia sonora. A través de un sistema de lectura óptica analógica diseñado por él mismo, convierte la luz de películas de 35 mm en texturas acústicas, generando una experiencia irrepetible donde lo visual se disuelve en sonido. Es, sin duda, uno de los gestos más poéticos y radicales del festival.
El programa de realidades extendidas, ubicado en la Escuela de Comercio, profundiza en la dimensión crítica del L.E.V. Propuestas como la de Carles Castaño, con su entorno de realidad mixta cargado de narrativa política, o Ito Meikyu de Boris Labbé —reconocida en Venecia—, exploran nuevas formas de habitar lo digital. Aquí, el espectador deja de ser observador para convertirse en parte activa de la obra.
En paralelo, espacios como LABoral Centro de Arte acogen exposiciones como La Sociedad Automática de Félix Luque, una reflexión inquietante sobre algoritmos, automatización y control. Todo ello se suma a una programación que incluye nombres como Alva Noto, Ryoichi Kurokawa o Jlin, y que se expande por teatros, jardines y espacios urbanos.
Más que un festival, L.E.V. vuelve a plantearse como un laboratorio vivo donde arte y tecnología dialogan sin concesiones. En su edición aniversario, no mira al pasado: ensaya futuros posibles.

Comentarios