El décimo aniversario del festival madrileño se salda con un éxito abrumador con más de 80.000 personas y con el show especial de David Guetta como gran hito del evento
Al escribir estas líneas me está abordando el síndrome del impostor. No tengo ningún reparo en reconocer que A Summer Story, festival donde trabajan grandes profesionales a los que aprecio y que hacen una labor encomiable, personalmente no es para mi. He tardado una década en animarme en ir a conocerlo habiendo tenido muchas oportunidades en el pasado. Pero entre que sus carteles no llegan a hacerme tilín del todo y su ubicación casi más cerca de Perales de Tajuña que del propio Arganda del Rey (absolutamente recomendable pillar las lanzaderas desde esta localidad madrileña), han sido handicaps insalvables para un servidor. Hasta este décimo aniversario en el que los astros y un buen grupo de amigos se alinearon para convencerme y probar por primera vez. Y las cosas como son: si sabes a lo que vas poca decepción puedes llevarte. En ese sentido, sí, tampoco me da vergüenza admitir que me lo pasé bien pese a no ser my cup of tea.
Dicho esto, es innegable que este macrofestival es lo que la gente demanda. 80.000 personas acudieron a celebrar 10 años recibiendo al verano al son de música electrónica ¡y que el amanecer te pille bailando! Tan solo acudí a la segunda jornada, sábado 20 de junio, que por lo que pude hablar con quién estuvo el día anterior hubo una afluencia mucho mayor que el día inaugural. El responsable de que fácilmente fueran unas 50.000 personas tiene nombre y apellidos: David Guetta y su cacareado Monolith Tour como gran reclamo. Pero de eso hablaremos más adelante.
Después de hacer una previa en el parking como si volviera a tener 20 años en consonancia con un festival que juega mucho con la nostalgia, al menos en esta edición, entramos para ver la sesión de Alexxandra en el escenario Air Europa. Lo primero que es digno de alabar es que el recinto es absurdamente grande. Una pena que la edición madrileña del Primavera Sound no cuajara porque para eventos de gran formato es un espacio a explotar como en su día se hizo con Rock in Rio. También comentar el increíble dispositivo de la Guardia Civil, alguien debería hacer la media de las personas que pudieron cachear.
En el tema de organización la única queja que puedo tener es que se agotará la cerveza en uno de los escenarios. Por lo demás, tanto para recargar el cashless (¿cuándo se habilita la opción de la devolución de lo sobrante?) como para pedir o para ir al baño las colas eran prácticamente inexistentes. O por lo menos esa fue mi experiencia.
Tras el reconocimiento del terreno y luchar contra la incomunicación vía Whatsapp, por fin me planté en para ver poco menos de la mitad del set de Alexxandra a la que solo le dieron una hora y lo solventó con la contundencia technera-ravera que le caracteriza. Es una artista que se la ve que disfruta de verdad, sin histrionismos forzados. Transmite su pasión y es fácil creértela y conectar si entras en su discurso. No será la sesión de su vida pero es un escalón más en la manera de cimentar su proyecto. Después vino un veterano Karretero en lo que era un día más en la oficina y rebajando la crudeza de la artista anterior. Set correcto, bailongo y sin muchas complicaciones para un histórico de la noche madrileña.
De ahí al escenario principal bautizado como Lenovo Main Stage para ver el show de Guetta pero antes estaba el trío Meduza con una propuesta bastante interesante. Una mezcla híbrida entre el DJ Set y el live con cada miembro encargándose de un elemento sobre el escenario. Los tres podían pinchar pero mientras uno era el anclaje en la mesa, otro podía tocar un piano de cola y otro al mando de varios sintetizadores haciendo una experiencia bastante interesante sabiendo combinar lo emotivo con lo efusivo dentro de una corriente comercial pero no exenta de calidad. Sin duda de lo más notorio.
Porque después llegó David Guetta con un llenazo hasta la bandera. Daba igual donde mirases, solo había gente. Una marabunta. Su show del monolito es puro fuego artificial, eso hay que tenerlo claro. El que fuera rey de la mal llamada EDM quiso imponer su ley y como buena figura del entertainment, cómo el mismo reconoce, lo hizo a la perfección. La idea del monolito no es nueva, ya lo hizo Richie Hawtin hace más de 10 años en Sónar pero lo de A Summer Story fue a una escala mucho más monstruosa. Una estructura gigantesca que para el show del francés se veía impresionante, las cosas como son, pero que perjudicaba a las visuales de otros artistas. La estrella es quien es.
Y eso se comprueba cuando plantea una sesión, seguramente pregrabada por la manera de manipular la mesa, repleta de hits comerciales de épocas donde los treintañeros volvieron a sentirse adolescentes. Mucho uso de micro para animar el cotarro y aluvión de móviles al aire para capturar el momento de la canción que te hace retroceder a principios de la década de los 10's. Guetta sabe lo que es pinchar, es muy buen conocedor del house pero no es su negocio, ni lo que un público masivo reclama. Sus fans tampoco se lo van a recriminar porque buscan escuchar lo reconocible (y si se puede cantar, mejor) para dejarse llevar en la verbena de pueblo más potente de la historia. En eso es el número uno y así hay que admitirlo. Ya no estamos tan beligerantes como en 2011.
Después del éxtasis colectivo de una masa ingente de público le llego el turno a unos Mathame con los que simplemente no conecté en ningún momento, hasta ellos parecía que estaban con el piloto automático puesto para volver al escenario Air Europa con un Jamie Jones que venía de pinchar por la tarde-noche en Solid Grooves y ofrecer un set disfrutón y jugón. Tampoco para que se quede en nuestra memoria pero es un artista que sabe dar con la tecla sin mucho esfuerzo, aunque también las horas que eran estaba ya todo el pescado vendido.
Tras él fue el turno de un Joris Voorn para cerrar el escenario. El holandés estuvo musicalmente mucho más atinado que su comparecencia en elrow Town de Madrid, con cierta sobriedad pero sin perder el pulso ni hacer experimentos con gaseosa. Nada de tech-house y si debía apostar por lo melódico siempre con nervio y tensión como las mandíbulas de algunos. Se bailó y se gozó con el tulipán.
El cierre y el amanecer fue cosa de DJ Nano y su Oro Viejo. Sí amigos, otra vez vuelta a la nostalgia y un eterno regreso al futuro para regocijo de los que tienen los treintaylargos, cuarentones y cincuentones. El clásico totum revolutum que lleva ejecutando desde hace 20 años o más donde el progressive, el trance, el dance, las cantaditas y todo lo que estaba de moda en tiempos de Plastic, Sönique, Arena, Splash, Bachatta o Radical podía sonar. También cosas más recientes y conocidas como 'Sky and Sand' y homenaje al EDM. Es otro caso como el de Guetta, solo que Nano sí que mezcla: sabe lo que la gente demanda y le hace feliz. Y se lo da.
Simple, sencillo y absolutamente lógico.
En definitiva, un décimo aniversario que sobre el papel no era previsible encontrar muchas sorpresas y con un monolito para gobernarlos a todos.




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