Más de 60.000 personas desafiaron al viento, el polvo y 22 horas de rave en la edición más multitudinaria de la historia, con OUTWORLD como gran estreno y dos cierres para el recuerdo
Hay festivales donde uno va a dejarse ver. Monegros Desert Festival nunca ha sido uno de ellos. Aquí el polvo se pega a la piel, el viento convierte cualquier desplazamiento en una pequeña odisea y el desierto recuerda constantemente quién manda. La edición de 2026, la más multitudinaria de los 33 años de historia del festival con más de 60.000 asistentes y público de 97 países, volvió a demostrar que la experiencia monegrina no entiende de comodidades. Paradójicamente, las temidas temperaturas extremas dieron una tregua inesperada. El calor fue mucho más soportable de lo previsto, pero el fuerte viento que sopló durante buena parte de la jornada levantó inmensas nubes de polvo que acompañaron prácticamente todo el festival. Un peaje que forma parte del ADN de una cita donde la épica siempre pesa más que el confort.
Precisamente ahí reside parte de su encanto. Monegros no busca agradar a todo el mundo. Exige resistencia física, capacidad de adaptación y muchas ganas de bailar en condiciones que distan mucho de las de cualquier festival convencional. Quien acude sabe perfectamente a qué viene: a perder la noción del tiempo durante 22 horas ininterrumpidas en mitad de un paisaje casi extraterrestre donde la música electrónica adquiere una dimensión completamente distinta.
La gran novedad de esta edición fue, sin discusión, OUTWORLD, el nuevo escenario concebido junto a Klangkuenstler. Su propuesta estética y sonora consiguió atraer desde primera hora a miles de personas, convirtiéndose rápidamente en uno de los grandes centros neurálgicos del festival. El artista alemán no solo ejerció como uno de los grandes reclamos del cartel, sino también como el auténtico impulsor de un concepto que elevó el nivel de producción de Monegros hasta cotas poco habituales incluso para un festival de esta magnitud. El desenlace no pudo ser más contundente: un Héctor Oaks absolutamente desatado firmó uno de esos cierres que permanecen grabados en la memoria colectiva de cualquier edición.
Aunque mientras gran parte del público se rendía al magnetismo de OUTWORLD, los veteranos sabíamos perfectamente dónde había que estar. Porque hay artistas que no necesitan reinventarse constantemente para seguir siendo imprescindibles. Richie Hawtin, al frente de Techno Cathedral, volvió a demostrar que la experiencia pesa. El canadiense construyó uno de esos sets hipnóticos, elegantes y milimétricos que solo están al alcance de quienes llevan décadas definiendo el lenguaje del techno. El que tuvo, retuvo.
Mención aparte merece una decisión difícil de comprender desde el punto de vista periodístico e informativo. Resulta contradictorio que el festival presente una de las mayores novedades de su historia y, al mismo tiempo, impida a los medios acreditados publicar imágenes de OUTWORLD hasta varios días después del evento, cosa que cualquier hijo de vecino que hubiera pagado la entrada podría hacer. En una época donde la conversación digital se produce prácticamente en tiempo real, retrasar la difusión de uno de los principales atractivos del festival es como poner puertas al campo. Una idea de bombero torero que es un sinsentido total. Supongo que son cosas de equipos de artistas con las que hay que tragar.
Más allá de ese aspecto, la maquinaria volvió a funcionar con precisión. Diez escenarios, más de 120 artistas, cerca de 4.500 trabajadores, cientos de autobuses y una auténtica ciudad efímera levantada en mitad del desierto confirmaron la impresionante capacidad organizativa de un festival que ya juega en la primera división mundial de los eventos experienciales. La diversidad del cartel permitió convivir durante toda la jornada al techno más contundente, el house, el hardcore, el electro o las propuestas más experimentales, mientras miles de ravers recorrían kilómetros entre escenarios envueltos por ese inconfundible paisaje ocre.
Monegros continúa creciendo sin perder aquello que lo hace único. Ni el sold out histórico, ni las cifras récord, ni la dimensión internacional han domesticado un festival que sigue siendo salvaje, incómodo y profundamente auténtico. Porque el desierto nunca pone las cosas fáciles. Y quizá por eso, cuando amanece sobre Fraga después de sobrevivir a otra edición, la sensación de haber formado parte de algo irrepetible resulta todavía más intensa.



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