La segunda edición del festival confirma que otra forma de entender la música electrónica es posible: más humana, más exigente y profundamente emocionante
Lo reconozco, a veces soy más blando que la mierda de pavo. Y es que hay festivales que te ganan por su cartel y otros por la gente con la que te rodeas. SoundIt fue la tormenta perfecta con reencuentros que a uno le alegran el cora y con un musicón que te pone tieso. Porque hay festivales que funcionan como un escaparate y otros que aspiran a convertirse en una declaración de intenciones. Y en esta segunda categoría juega un evento que en su segunda edición ha confirmado que lo ocurrido el año pasado no fue una casualidad: más de 16.000 personas, cuatro escenarios y un cartel de más de sesenta artistas han servido para consolidar una idea que parecía casi utópica en tiempos de macroeventos despersonalizados. Un festival capaz de crecer sin perder el alma.
Porque SoundIt es, salvando las distancias, lo más parecido a un Dekmantel hecho en Cataluña. No por copiar una fórmula, sino por compartir una filosofía. La misma obsesión por la curaduría, por el sonido impecable, por un público que acude dispuesto a descubrir tanto como a confirmar expectativas y por una programación donde la jerarquía importa bastante menos que la experiencia colectiva. Esa sensación de que cualquier escenario puede esconder el mejor momento del fin de semana.
A pesar del calor que hacía que no se parara de ingerir zumo de cebada, el Parc Nou de El Prat volvió a ser un acierto rotundo. Un pulmón verde donde los árboles funcionan como arquitectura natural y donde la electrónica dialoga con el paisaje en lugar de colonizarlo. Se camina poco, se escucha mucho y todo sucede a escala humana. En una época en la que muchos festivales parecen medir su éxito en kilómetros recorridos entre escenarios, SoundIt apuesta por lo contrario: proximidad, comodidad y tiempo para dejarse llevar.
La primera jornada fue el el viernes 17 de julio y claro uno se deja llevar por la efusividad de volver a ver a viejos amigos con los que vuelves a compartir bailes. Es fácil venirse arriba muy rápido y más cuando llegas a un escenario como HALO, probablemente el escenario más acogedor del festival, con un Marcellus Pittman volvió a demostrar por qué el house de Detroit sigue siendo una fuente inagotable de emoción. Sin necesidad de grandes artificios, construyó una sesión cálida, orgánica y profundamente bailable. House de muchos quilates.
Pero la primera gran sorpresa llegó con radd en el escenario principal (EL-LIPSE), uno de esos nombres que el que suscribe descubrió sobre la marcha y que terminó convirtiéndose en una actuación fresca, imprevisible pero con la finura necesario de saber quién viene tras su set.
Después apareció Helena Hauff para recordarnos que pocas DJs manejan el electro con semejante autoridad. Su sesión fue un auténtico ejercicio de demolición controlada: ritmos secos, bajos afilados y una tensión constante que nunca dio tregua. Aniquiladora y probablemente la gran triunfadora de la jornada.
Más divisiva resultó Nina Kraviz. Su aproximación minimalista, mental y profundamente hipnótica volvió a partir al público en dos. Como suele ocurrir con la siberiana. Mientras algunos esperaban una explosión inmediata, ella prefirió construir un viaje introspectivo, lleno de espacio y de pequeñas mutaciones. Yo, una vez más, me sitúo claramente en el bando de quienes celebran esa forma de entender la pista de baile. Le dió el relevo a Blawan pero tocaba descubrir otras cosas.
Entre tanto, en Laberint, Fireground ofrecía uno de los directos más psicodélicos del festival. Un viaje hipnótico donde las texturas analógicas y el desarrollo progresivo encontraban el entorno perfecto entre los árboles. Un paso fugaz por Blawan y ya ni ganas de ver a Oscar Mulero. Se llevaba reventada seria, no nos vamos a engañar, y estábamos ya en modo ahorro de batería. Quedaba un día más.
Pero si el viernes fue excelente, el sábado alcanzó cotas memorables.
HALO se convirtió desde primera hora en el auténtico campamento base del festival. Vlada y Nosedrip firmaron un b2b de combustión lenta, construyendo la narrativa con paciencia, elevando la energía y los BPM sin un solo movimiento brusco. De esos sets que parecen sencillos hasta que uno se da cuenta de que llevan dos horas gobernando la pista sin que nadie quiera marcharse.
Hubo tiempo para una escapada al escenario principal hasta Moxie y Jennifer Loveless, cuya lectura del house británico resultó contagiosa, luminosa y tremendamente divertida. Pero el verdadero imán seguía estando unos metros más allá.
Porque entonces llegó B12 al HALO. Y probablemente ahí se escribió el capítulo más emocionante de todo el festival con Steve Rutter y Mike Golding con presentando Electro-Soma y llevándonos a lugares que parecen ya olvidados.
Su directo fue sencillamente extraordinario. Incisivo, elegante, emocionante y profundamente humano. Techno del que toca la patata. Melodías que beben del jazz mientras los bombos parecen llegar directamente desde el quinto anillo de Saturno. Música que obliga a bailar pero también a escuchar. Que emociona sin caer en la nostalgia. Que mira hacia el futuro sin olvidar de dónde viene. Incluso ellos parecían disfrutar tanto como el público, sonriendo constantemente desde la cabina mientras contemplaban una pista completamente entregada.
Hay directos que justifican un festival entero. Este fue uno de ellos.
Y cuando parecía imposible mantener semejante nivel apareció John Talabot.
Cuatro horas. Cuatro horas para construir una película de ciencia ficción bailable. Oriol Riverola volvió a demostrar que juega en una liga propia cuando actúa en casa. Su narrativa fue impecable, avanzando con contundencia, elegancia y una selección musical que convertía cada mezcla en una invitación a seguir viajando. Había momentos en los que bastaba observar al público para comprender lo que estaba sucediendo: más de uno sostenía el móvil con Shazam permanentemente abierto intentando capturar cada referencia. Era difícil abandonar aquella nave espacial.
Había que acercarse a Mala, leyenda absoluta del dubstep londinense, siempre fiel a su sonido. También asomarse a DVS1 y su aproximación al electro de pegada o disfrutar del carácter lúdico de 2ManyDJs. Maestro que ofrecían actuaciones notables. Pero inevitablemente todo sabía a menos. Alejarse del universo que Talabot estaba construyendo significaba regresar a una realidad bastante más terrenal.
Talabot o barbarie. Lo más sensato fue recogerse cuando ya se nos había mandado a Raticulín sin billete de vuelta.
Lo que me queda claro es que con más de 16.000 asistentes, SoundIt confirma que otra forma de entender los festivales sigue siendo posible. Una donde el crecimiento no implica perder personalidad, donde la programación pesa más que el marketing y donde la experiencia se construye alrededor del sonido y no del espectáculo vacío.
En una Europa llena de festivales excelentes, Barcelona ya tiene el suyo. Quizá no haga falta seguir comparándolo con Dekmantel durante mucho más tiempo. Si mantiene este rumbo, SoundIt terminará convirtiéndose en un referente con identidad propia. Y esa, probablemente, sea la utopía más bonita de todas.

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