Aquasella 2026: el Bosque, el groove y el eterno retorno del pelotazo

Por Niko


Tres días en el Prau, muchas horas en El Bosque, algún viaje al pasado y una conclusión: se puede bailar muy fuerte sin necesidad de escuchar cinco veces el mismo tema. Porque hay festivales que uno vive pendiente del cartel, corriendo de escenario en escenario para tachar nombres de una lista. Y luego está Aquasella, donde con los años he aprendido que mi mejor planificación consiste precisamente en no planificar demasiado. Un festival que este año congregó a 80.000 personas por el recinto de Arriondas lo que deja a las claras la buena salud de un evento legendario que soplará 30 años en 2027.

En esta edición de 2026 pasé los tres días —y alguna hora extra de propina el domingo— moviéndome entre escenarios, aunque mi centro de operaciones terminó siendo claramente El Bosque. No fue casualidad. Allí encontré durante buena parte del fin de semana lo que personalmente sigo buscando cuando voy a escuchar música electrónica: groove, construcción, DJs que cuentan algo durante dos horas y una pista que baila sin estar permanentemente esperando el tema que pueda grabar con el móvil.

Y quizá esa sea una de las conclusiones que me llevo de este Aquasella: nunca había percibido de manera tan evidente que dentro de un mismo festival pueden convivir dos —o tres— generaciones y formas bastante diferentes de entender una pista de baile.

Todas legítimas, faltaría más. Pero no todas me interesan por igual.

Jueves: empezar bailando

El jueves tuvo algo de calentamiento, pero de esos calentamientos que acaban obligándote a recordar que todavía quedan dos noches muy largas por delante.

En el Open Air, Regal firmó un cierre contundente, con pegada y mucho groove. Y agradecí especialmente que no construyera su sesión como una sucesión de himnos reconocibles. Hubo temas grandes, por supuesto, pero no esa ansiedad actual por conseguir una reacción inmediata cada cinco minutos. La sesión tuvo cuerpo, continuidad y sentido. Sonó bien. Muy bien, de hecho. Y terminó siendo un magnífico broche para la primera jornada.

Aunque si tengo que elegir dónde comenzó realmente mi Aquasella 2026, tengo que irme a El Bosque.

Mason Collective entendió perfectamente lo que tenía delante. Sonidos bailongos, descaro, groove y una pista entregada. Allí se concentraba además un público algo más veterano, quizá menos preocupado por escenificar que estaba de rave y bastante más ocupado en hacer algo tan revolucionario como bailar.

Porque una de las imágenes curiosas de la noche estaba precisamente en la distribución generacional.

Mientras El Bosque acogía a quienes parecíamos haber acudido fundamentalmente por la música, buena parte del público más joven encontraba su hábitat natural en La Real: negro, cuero, gafas, outfits raveros y toda esa estética que se ha convertido casi en uniforme generacional de la electrónica de alta velocidad.

Nada que objetar. Cada época ha tenido su liturgia, y probablemente nosotros también tuvimos la nuestra aunque ahora prefiramos olvidarla.

Musicalmente, sin embargo, yo tenía bastante claro dónde quería quedarme.

Viernes: bienvenidos al Día de la Marmota

El viernes sucedió algo extraño en el Open Air. Desconozco el motivo técnico, pero el escenario que durante el cierre de Regal había sonado contundente y definido el jueves pasó a ofrecerme una sensación completamente diferente. El sonido resultaba metálico, áspero, por momentos casi “a lata”. Algunos tracks parecían archivos mal comprimidos reproducidos demasiado alto. Y cuanto más alto sonaba, peor.

Pero el problema no fue únicamente el sonido. Llegó un momento en el que tuve la sensación de estar viviendo mi particular Día de la Marmota electrónico.

Quienes vivimos los años gloriosos —y también excesivos— del EDM conocemos perfectamente el fenómeno: llegabas a un festival y podías escuchar el mismo pelotazo cuatro o cinco veces en una noche porque todos los DJs querían provocar exactamente el mismo momento de euforia.

Pues bien, parece que hemos dado una vuelta completa al círculo.

Cambian los bombos, suben los BPM y ahora lo llamamos —en mi opinión con demasiada generosidad terminológica— hard techno, pero el mecanismo vuelve a ser parecido: remezcla reconocible, subida, parón, vocal que todo el mundo identifica, drop, móviles arriba y siguiente. Y vuelta a empezar.

Pasó con I Hate Models, en menor medida con Kobosil, y especialmente con una Fátima Hajji convertida por momentos en auténtica reina de las remezclas: si existe una versión acelerada y contundente de un tema conocido, ¿por qué elegir una cuando puedes ponerlas todas?

Lo sorprendente es que al público parecía importarle bastante poco haber escuchado ya alguna de ellas unas horas antes.

Las bailaban otra vez. Y otra. Y probablemente las habrían bailado una cuarta.

Entonces entendí que quizá el problema era exclusivamente mío. Para buena parte de quienes estaban allí, esas canciones no eran recuerdos reciclados. Eran sus temazos. Y cuando un tema es tu temazo, no existe eso de “ya ha sonado”.

Nosotros hicimos exactamente lo mismo hace veinte o treinta años. Solo que ahora fingimos que no.

Patrick Mason y el síndrome de 2025

Las circunstancias llevaron a mucha gente a terminar en el cierre de Patrick Mason, especialmente ante la dificultad de acceder al de DJ Pepo. Y Mason no defraudó. Para el que quisiera y fuera a ver al bueno de Patrick, que firmó una sesión enérgica, física y contundente, con esa presencia escénica que convierte cada aparición suya en algo más cercano a una performance que a un DJ set convencional.

Pero había una curiosidad flotando en el ambiente. Parte del público joven parecía estar esperando “el momento” de cómo iniciaría Pepo su cierre. Ese inicio. El de 2025.

Otra vez.

Casi podía percibirse la expectativa colectiva de ver repetida una secuencia que había funcionado un año antes. Algunos parecieron marcharse ligeramente decepcionados al comprender que aquello no iba a convertirse en una reproducción exacta del recuerdo que traían en el móvil.

Yo, en cambio, lo celebré. Y también celebré que dejaran algo más de espacio para los que ya tenemos cierta trayectoria sobre las pistas.

Por suerte, Aquasella permite escapar rápidamente de aquello que no te interesa. Y el viernes, fuera del Open Air, hubo mucha música.

Disfruté especialmente del encuentro entre Henrik Schwarz y Rossi., dos formas de entender el groove capaces de recordar que la contundencia no depende exclusivamente de la velocidad.

Sam Divine ofreció además una de esas sesiones agradables que entran sin hacer ruido y terminan dejándote mucho más de lo esperado. House con pinceladas de aquella época dorada del género, vocales reconocibles sin abusar de la nostalgia y, sobre todo, una pista bailando con una sonrisa.

Pero uno de los momentos musicales del festival llegó con Chris Liebing B2B Luke Slater. Dos veteranos. Dos DJs que no necesitan demostrar absolutamente nada. Y probablemente por eso demostraron tanto.

La complicidad entre ambos, el desarrollo de la sesión, la manera de intercambiar posiciones sin romper el relato y esa capacidad para ir construyendo tensión sin recurrir permanentemente al recurso fácil fueron de quitarse el sombrero.

Hay B2B que consisten en dos nombres importantes alternándose temas. Y luego están los B2B en los que realmente sucede algo entre los dos artistas. Este fue de los segundos.

Después está Ben Sims, o Benito para los amigos imaginarios que llevamos décadas escuchándolo. ¿Qué puedo decir? Nada nuevo. Y precisamente ahí está el elogio.

Ben Sims sabe perfectamente qué espera de él una pista, domina su lenguaje hasta niveles absurdos y volvió a ofrecerlo sin inventarse ningún personaje nuevo. Groove, técnica, pegada y oficio. No falla. A veces no hace falta sorprender. Basta con ser extraordinariamente bueno haciendo aquello que llevas haciendo toda la vida.



Sábado: cuando las cosas vuelven a su sitio

El sábado encontré algunos de los mejores momentos de todo Aquasella. Philippa Pacho B2B Rødhåd y Adiel B2B Quest estuvieron entre lo más destacado de la jornada. Sesiones con personalidad, tensión y recorrido; capaces de sonar fuertes sin caer constantemente en la necesidad de subrayarlo.

Y apareció Elli Acula. Iba dispuesta a no pasar desapercibida. No pasó.

Hay DJs a los que ves cumplir perfectamente con su horario y otros que parecen decidir que durante esas dos horas el escenario les pertenece. Elli Acula estuvo mucho más cerca de los segundos.

Pero nuevamente fue El Bosque el que terminó convirtiéndose en mi refugio. Héctor Llamazares, vieja escuela del Prau y perfecto conocedor del ecosistema Aquasella, sabía exactamente quién tenía delante y qué esperaba ese público de su escenario.

Y se lo dio. Sin complejos.

También Alexander Som, residente de LOOP, supo conectar con la parte más veterana de la pista tirando de clásicos y referencias que llevaban tiempo guardadas en algún cajón de nuestra memoria.

Fue divertido observar esas sonrisas que aparecen un segundo antes de reconocer completamente una melodía. Ese instante de: “Hostia, esto…” Y de repente han pasado veinte años. Para cuando quieres darte cuenta estás bailando igual, aunque las rodillas tengan una opinión diferente.

East End Dubs hizo exactamente lo que uno espera de East End Dubs, que no es poca cosa: groove quirúrgico, bajos precisos y una manera de construir pista sin necesitar aspavientos.

Y Jayda G inundó El Bosque de house. House de verdad, cálido pero contundente, alegre sin convertirse en banal. Otra demostración de que se puede levantar una pista sin recurrir a 160 BPM ni lanzar una versión techno de cualquier canción que haya funcionado en los últimos treinta años.



Héctor Oaks y el eterno retorno

Me acerqué también al cierre de Héctor Oaks en el Open Air. Y aquí volvió a aparecer el fenómeno que atravesó buena parte de mi experiencia fuera de El Bosque. Más de lo mismo. O mejor dicho: los mismos temas de siempre.

Los que ya habíamos podido escuchar en Monegros. Los que probablemente volverán a aparecer en otros festivales. Y, por supuesto, esa mezcla de “La Línea de la Vida” que buena parte del público llevaba horas esperando. Llegó. Y explotaron.

¿Es criticable? Desde un punto de vista estrictamente artístico puedo echar de menos riesgo, sorpresa o simplemente la sensación de no saber qué viene después. Pero también puedo entender perfectamente qué está ocurriendo.

Porque, pensándolo bien, aquello no es tan diferente de las sesiones remember a las que tantos de mi generación hemos acudido encantados. Nosotros también hemos pagado una entrada sabiendo perfectamente qué temas queríamos escuchar. También hemos levantado los brazos cuando llegaba ese disco que habíamos oído cientos de veces. También hemos necesitado nuestros rituales.

La diferencia es que ahora algunos temas tienen apenas unos pocos años y ya funcionan como clásicos. Para el público joven, esos son sus recuerdos. Y los quieren escuchar. Una vez. Dos. Cinco veces durante el mismo festival si hace falta. Quizá la nostalgia ya no necesita veinte años para fabricarse.

Joris Voorn: así se cierra un Bosque

Mi despedida de la programación principal tenía que ser en El Bosque. Y Joris Voorn confirmó que la decisión era la correcta. No necesitó convertir el cierre en una competición de dureza. Construyó, conectó y entendió perfectamente el momento de la noche —o de la mañana— y el tipo de público que continuaba allí. Hubo química. De la auténtica.

No esa conexión de manual consistente en bajar tres veces el fader para que el público grite, sino la que aparece cuando DJ y pista entienden que están recorriendo juntos los últimos kilómetros de un viaje.

Y el detalle final dijo bastante: una vez terminado su set, Joris bajó a hacerse fotografías con quienes seguíamos allí. Parecía sinceramente agradecido. Nosotros también. Fue un gran cierre para el lugar donde había disfrutado de mis mejores horas de Aquasella 2026.

Y todavía quedaba el after…

Porque Aquasella termina cuando Aquasella decide que termina. El after del domingo fue exactamente lo que tenía que ser: música de mañaneo, cuerpos funcionando ya por mecanismos que la medicina probablemente no ha estudiado suficientemente y ese buen rollo tan particular de quienes han superado juntos demasiadas horas de festival. La música no falló.

Y entonces sucedió uno de mis momentos favoritos de todo el fin de semana. A media mañana comenzaron a sonar los primeros acordes de “La Real”, de Surgeon.

Sonreí inmediatamente. Miré alrededor. Nadie parecía reaccionar. Seguí sonriendo. Las personas con las que compartía pista me miraban como si acabara de sufrir algún tipo de revelación mística. Nadie sabía por qué. Y en ese momento comprendí definitivamente que el relevo generacional ya estaba allí.

Ellos tenían sus remezclas. Yo tenía a Surgeon.

Todos contentos.

El Bosque ganó mi Aquasella

Si tengo que resumir mi experiencia de Aquasella 2026, lo tengo bastante claro. A El Bosque, ni una pega. Sonido, ambiente, público y, sobre todo, calidad musical. Allí encontré prácticamente todo lo que fui buscando al festival: house, groove, techno con recorrido, artistas con oficio y sesiones que no necesitaban vivir exclusivamente del impacto inmediato.

Respecto a los otros dos escenarios, mi sensación fue bastante más irregular.

No entraré en guerras semánticas sobre qué es techno y qué deja de serlo, aunque confieso que me cuesta llamar techno a una parte importante de lo que actualmente se vende bajo determinadas etiquetas. Entiendo perfectamente que funciona, mueve a muchísimo público joven y genera algunos de los momentos más multitudinarios del festival. Pero musicalmente, a mí me dejó bastante menos.

Quizá sea una cuestión generacional. Quizá haya escuchado demasiados drops. Quizá después de tantos años entrando en clubs uno termine buscando más el camino que el destino. O quizá simplemente prefiera una sesión que me sorprenda a una que me garantice escuchar los cinco temas que esperaba antes de entrar.

Sea como sea, Aquasella sigue teniendo espacio para todos. Para quien quiere cuero negro y 160 BPM. Para quien persigue el vídeo viral de la noche. Para quien necesita volver a escuchar ese tema una vez más. Y también para quienes todavía disfrutamos perdiéndonos durante horas dentro de un groove sin preguntarnos cuál será el próximo pelotazo.

Yo este año encontré mi sitio en El Bosque. Bailé. Critiqué. Me reencontré con música que creía olvidada. Me sentí mayor durante unos cuantos momentos y veinte años más joven durante muchos otros. Y, sobre todo, lo pasamos en grande.

Que después de tanta teoría sobre BPM, generaciones, géneros, purismos y tendencias sigue siendo la única crítica musical verdaderamente importante al terminar un festival.

El año que viene, volveremos


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