Catz ’n Dogz encuentran en Finally un lugar donde quedarse

El dúo polaco convierte 16 canciones en una postal electrónica sobre la amistad, los recuerdos y el paso del tiempo, cruzando house, soul, folk y jazz con una sensibilidad sorprendentemente pop


Finally es el el octavo álbum de Catz ’n Dogz, y lejos de buscar un disco para ser consumido y fagocitado en estos tiempos de velocidades endemoniados, la dupla polaca ha decidido apostar por lo contrario. Un disco que te pide tiempo, reposo y calma para ser disfrutado de la manera más profunda. Al fin y al cabo hablamos de Greg y Voitek, dos veteranos de la electrónica polaca que llevan más de dos décadas construyendo una trayectoria que les ha llevado a colaborar con artistas como Disclosure, Fatboy Slim o Bizarrap, no parecen especialmente interesados aquí en perseguir el siguiente gran banger, para eso tienen singles y EPs. Su apuesta es otra: construir un álbum al que regresar y que siga sonando actual.

Y eso ya supone una declaración de intenciones en un contexto musical dominado por la inmediatez. Finally quiere ser un objeto, una experiencia y hasta un recuerdo. No es casualidad que, además de su edición digital, llegue en vinilo y casete. La idea de la postal analógica atraviesa todo el proyecto: algo que se guarda, se recupera años después y, al volver a aparecer, activa una memoria que creíamos olvidada. Pero lo interesante es que esa nostalgia no se convierte en una excusa para mirar constantemente hacia atrás.

Electrónica con memoria

Es probablemente ahí donde el álbum encuentra su mayor personalidad. Finally está construido sobre una serie de contradicciones emocionales: canciones luminosas que esconden cierta melancolía, momentos eufóricos atravesados por la sensación de pérdida y una calidez que nunca termina de desprenderse del paso del tiempo. Catz ’n Dogz no renuncian a su ADN electrónico, pero lo ponen al servicio de una escritura mucho más abierta.

El comienzo con ‘We’re Gonna Be Alright’, junto a Ajii, ya deja claras las coordenadas: soulful breakbeat, voces cálidas y una energía que parece diseñada para acompañar el movimiento sin exigir protagonismo. Después llega ‘Dance For You’, con Miller Blue, donde el piano y una atmósfera de jazz ahumado rebajan las revoluciones y demuestran que el dúo se siente cómodo cuando deja respirar las canciones.

Ese contraste se repite a lo largo del álbum. ‘Sun Goes Down’, con Charlotte Haining, recupera el pulso más físico y bass-driven, mientras otros cortes profundizan en esa dimensión casi cinematográfica que convierte el disco en una sucesión de escenas: carreteras, atardeceres, conversaciones, personas que vuelven a nuestra memoria sin previo aviso.

La amistad como materia prima

Las colaboraciones son fundamentales para entender el álbum. Más que funcionar como una colección de nombres invitados, parecen representar las relaciones creativas que Greg y Voitek han ido construyendo durante su trayectoria. Hay en Finally una voluntad evidente de salir de la zona de confort, de aprender de otros músicos y de permitir que las canciones adopten formas diferentes.

El resultado es un disco que se mueve entre house, soul, folk, jazz y pop sin necesidad de establecer fronteras demasiado rígidas. Y quizá esa libertad sea uno de sus mayores aciertos: Catz ’n Dogz han entendido que la madurez electrónica no tiene por qué significar sonar más serio, sino permitirse explorar más.

El cierre con ‘Miss You’, junto a Mateusz Krautwurst, resume buena parte de esa filosofía. Es una despedida reflexiva que no busca convertir la nostalgia en tragedia. Porque Finally habla de mirar atrás, sí, pero también de seguir avanzando.

Grabado entre Madrid, Nueva York, Varsovia y diferentes tramos de carretera, el álbum tiene algo de diario de viaje. Un trabajo sobre los lugares que habitamos, las personas que conocemos y esos momentos de pausa que, paradójicamente, terminan siendo los que más recordamos.

Finally no pretende reinventar la música electrónica. Su ambición es bastante más humana: hacer un disco que permanezca. Uno que pueda sonar mientras conduces sin rumbo, cuando cae el sol o cuando una canción consigue devolverte durante unos minutos a un lugar en el que ya no estás. Y en una época de música cada vez más inmediata, conseguir que alguien quiera volver a un álbum puede ser una de las formas más honestas de permanencia.

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