LEV Matadero 2026, delicias ambient de menos a más

Kelly Moran, Drew McDowall & Pedro Maia, Milian Mori y NAO. THE CLUSTERs, entre los nombres destacados de una edición marcada por la experimentación audiovisual



LEV Matadero sigue creciendo, pero sin perder esa pinta de festival al que uno viene a mirar cosas raras, escuchar sonidos imposibles y preguntarse qué demonios está pasando delante de sus ojos. Del 17 al 20 de septiembre, el festival asturiano dio otro paso adelante en su edición capitalina llevando sus principales actuaciones a la Nave 11, un espacio más grande que permitió ampliar público y que acabó con todo vendido durante las cuatro jornadas.

El cambio también refuerza una idea que ya forma parte del ADN de LEV: aquí se viene más a contemplar que a bailar. Volvieron las butacas, así que el bombo deja de ser el jefe de la fiesta, si es que a un festival así se le puede llamar fiesta. Se puede mover un poco el pie, faltaría más, pero la gracia está en mirar, escuchar y dejarse llevar por las imágenes, los cacharros y las arquitecturas sonoras. Y esta edición, además, fue claramente de menos a más en cuanto a intensidad.

NEON DANCE: LAST AND FIRST MEN, abriendo el melón

La apertura fue ambiciosa. NEON DANCE: LAST AND FIRST MEN, de Jóhann Jóhannsson y Yair Elazar Glotman, con la voz de Tilda Swinton y acompañada de danza, llenó la Nave 11. Nada mal para empezar. La propuesta mezcla música, imagen, narración y movimiento para construir una historia de ciencia ficción de esas que te hacen sentir pequeño y ligeramente insignificante. Swinton pone la voz y la danza aporta el componente físico a una experiencia que se parece más a entrar en una película u obra teatral que a acudir a un concierto.

Impecable en sus intenciones y perfectamente encajada en el universo LEV, aunque quien esto firma esperaba que le tocara algo más la fibra. Se me hizo algo de bola, no voy a mentir, y la cara de Marisa y Vicenta que se nos quedó a mi acompañante y a un servidor queda ahí. Pero a este evento uno viene a sorprenderse. Eso sí, el público respondió llenando la nave y rompiendo en aplausos.


El ambient suele tener bastante y este año. Suso Saiz, maestro en estas lides, ofreció una sesión silenciosa y gratuita en la Plaza de Matadero al día siguiente. Y si el objetivo era relajarnos, conmigo lo consiguió: entré en un duermevela de lo más saludable. Más relajado, imposible. Creo que es lo mejor que puedo decir.


De vuelta a la Nave 11 Kyria Libia presentaba de manera exclusiva El arrobamiento. Un espectáculo que llevó el asunto hacia un ambient sacro, denso y cargadito de sintes. La cosa ganaba muchos enteros cuando aparecía el órgano modular, aportando músculo y una dimensión casi ceremonial. Su puesta en escena sobria y secuencias alargadas hasta el infinito podían pesar, pero el lado espiritual era lo que enganchaba. Y esto lo dice alguien que duda entre el ateísmo o el agnosticismo. 

Y luego llegó el viaje psicodélico de Drew McDowall & Pedro Maia. Su A/V convirtió la Nave 11 en una especie de cápsula de ambient lisérgico donde las visuales tenían tanto peso como el sonido. Aquí no había pantalla decorativa: imagen y música iban a la gresca juntas, construyendo una experiencia de esas en las que uno acaba mirando fijamente sin saber muy bien cuánto tiempo lleva allí. No sé qué sensación es la de chupar un cartón de LSD pero esto era como si El Ojo Mágico te leyera a tí, en lugar de tú a él. 


De Raster-Noton a Kelly Moran, ahora sí

El festival fue ganando temperatura y encontró algunos de sus mejores momentos al final. Desgraciadamente no llegamos a tiempo para ver Calligraton, un espectáculo en directo que surge de la colaboración entre el dúo Schnitt y la calígrafa japonesa Aoi Yamaguchi, que todo el mundo nos dijo que fue impresionante. Lo que sí que gozamos fue con Milian Mori que puso sobre la mesa una electrónica cruda, minimalista y sobria salida directamente de la factoría sonora de Raster-Noton. Pocos elementos, máxima precisión y una potencia que no necesitaba hacer ruido para hacerse notar. Todo ello con unas visuales tan ásperas como efectivas a tenor del sonido que hacía temblar la butaca.


La última jornada, que fue al mediodía, arrancó con NAO con su espectáculo THE CLUSTERs donde puso ocho robots sobre el escenario y añadió unas sandalias tradicionales japonesas al cóctel. Al principio, el artista sentado e inerte con sus robots dando vueltas, parecía más un vendedor de El Rastro que otra cosa. Pero fue ponerse las sandalias y tomar la verticalidad para dar estopa digital de la buena. El resultado fue una de las propuestas más curiosas de la edición. También fue, para qué engañarnos, demasiado corta. La cosa iba claramente de menos a más, de la quietud a la tormenta sonora, y justo cuando empezaba a ponerse realmente interesante… se acabó. Nos dejaron con ganas de más.


Y entonces llegó Kelly Moran. Su concierto fue probablemente el momento en el que mejor encajaron todas las piezas de LEV. Piano, pasión, delicadeza, pelazo y unas visuales envolventes que dejaban a más de uno con la boca abierta. Pelo al viento, amaneramientos y una interpretación física que hacía que incluso sentado pareciera que estabas dentro del concierto.

Moran quiso cerrar con un discurso a favor de Palestina, presentó material nuevo y se lanzó con 'Merry Christmas, Mr. Lawrence', de Ryuichi Sakamoto, solo al piano y sin capas sintéticas. El resultado fue una ovación cerrada muy emotiva. Absoluta ganadora de esta edición, que dejó lo mejor para el final.


Jugar también es experimentar

Fuera de la programación principal, LEV volvió a demostrar que sus instalaciones gratuitas son mucho más que entretenimiento para rellenar huecos. Puppet, de 1024 architecture junto a Vitalic, convertía una marioneta digital en un sintetizador manejado con un mando de Xbox. Moverla significaba generar melodías, ritmos y efectos. Básicamente, jugar a ser músico. Los niños lo entendieron inmediatamente a base de aporrear botones sin ton ni son.  Se divertían pero eso era un manicomio sonoro. Al final los mayores fueron los que más partido le sacaron.

INITI Playground iba un paso más allá convirtiendo una pared en una gigantesca pantalla multitáctil para jugar en grupo lanzando pelotas de espuma a demonios y ángeles. Aquí tampoco había edades: padres y criaturas acababan igual de enganchados. 

H U M I, de Riccardo Giovinetto, ofrecía una experiencia bastante más contemplativa mediante cuatro pantallas, imágenes de satélite manipuladas, grabaciones de campo y procesos algorítmicos. Geografías imposibles para perderse un rato tirado en el suelo y desconectar del mundanal ruido al menos durante unos 6 minutos.  Una buena muestra de cómo LEV puede convertir conceptos bastante serios —fronteras, territorio, identidad— en experiencias visuales mucho más accesibles.

Y quizá ahí esté la clave de esta edición. LEV Matadero crece sin dejar de ser LEV: más gente, una Nave 11 llena y cuatro días de propuestas que entienden la electrónica como algo que también se mira, se toca y se explora. Menos bombo y más curiosidad. De menos a más, pero siempre buscando dónde está el siguiente píxel.



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