Mondo Love & Betrayal, cuando el synth-pop mira al pasado para sonar eterno

El debut de Neil ‘Nail’ Tolliday y Henry Claude Scott recupera la elegancia melódica de los ochenta y los primeros noventa para construir diez canciones cálidas, melancólicas y sorprendentemente atemporales



Existen discos que parecen llegar desde otro tiempo y, precisamente por eso, terminan sonando sorprendentemente actuales. El debut homónimo de Mondo Love & Betrayal, proyecto formado por los músicos de Nottingham Neil ‘Nail’ Tolliday y Henry Claude Scott, pertenece a esa categoría. Un álbum construido desde el amor por el synth-pop clásico de los ochenta, pero que no se limita a reproducir sus códigos: los entiende, los mastica y los devuelve convertidos en canciones cálidas, melancólicas y tremendamente adictivas.

La historia del proyecto nace de la admiración mutua. Tolliday, uno de los grandes nombres del house británico y figura fundamental detrás de Bent junto a Simon Mills, quería trabajar con Scott, guitarrista, productor y compositor conocido por sus proyectos Torn Sail, junto a Huw Costin, y Brown Fang, junto a John ‘Ming’ Thompson. Dos propuestas caracterizadas por una instrumentación orgánica y paisajes sonoros más cercanos al atardecer que a la pista de baile.

El primer contacto debía servir para que Scott pusiera voz a una producción house de Tolliday, pero la idea evolucionó rápidamente. Ambos compartían una pasión evidente por el synth-pop de los ochenta y por nombres como Pet Shop Boys, New Order o Depeche Mode, además de por productores como Martin Hannett, Arthur Baker, Stephen Hague o John Robie. El resultado de aquella primera sesión fue ‘Correspondence’, una canción tan pegadiza como ingeniosa sobre el final de los teléfonos fijos y la llegada de las comunicaciones móviles. La química estaba ahí. Solo había que dejarla crecer.

Y creció hasta convertirse en este debut de diez canciones.

Lo más interesante de Mondo Love & Betrayal es que nunca parece un simple ejercicio de arqueología musical. Tolliday construye instrumentales que conocen perfectamente la gramática del pop electrónico ochentero y de los primeros noventa, pero que están suficientemente bien ensambladas como para escapar de la etiqueta de revival.

Hay ecos de las remezclas de Shep Pettibone, guitarras que podrían haber salido de Bernard Sumner, pianos con aroma a The Beloved y progresiones de acordes que recuerdan inevitablemente a Chris Lowe. También aparecen referencias más contemporáneas, desde Parcels hasta Private Agenda o Junior Boys. Pero todas esas influencias están integradas con naturalidad dentro de un discurso propio.

Sobre ellas, Scott aporta unas letras que hablan de amor, rechazo, pérdida y desencuentro sin necesidad de disfrazar la vulnerabilidad. Su interpretación tiene algo deliberadamente humano frente a la precisión de las máquinas. Esa tensión entre emoción y electrónica es, probablemente, uno de los grandes aciertos del disco.

El álbum entra con ‘Boo Boo’, una declaración de intenciones en la que Scott advierte que “love and betrayal will haunt you” mientras Tolliday despliega sintetizadores luminosos y grooves que remiten directamente al universo de Vince Clarke. Es un comienzo brillante y efectivo.

Después llega ‘Your Latest’, quizá una de las piezas que mejor encapsula la melancolía de unos Pet Shop Boys en plena era Behaviour, mientras que ‘Beyond The Rainy City’ baja las revoluciones para instalarse en un terreno más onírico y contemplativo. ‘Whatever Happened To Me’ recupera el chug de los primeros Depeche Mode y ‘Across The Plane’ destaca por una calidez casi táctil que resume muy bien la personalidad del proyecto.

Y ahí está precisamente la clave: aunque las referencias sean evidentes, el disco no depende de ellas para funcionar. Las utiliza como lenguaje común para construir algo nuevo.

Mondo Love & Betrayal es, en definitiva, un debut extraordinariamente sólido. Un disco de melodías coloridas, acordes agridulces, ritmos de herencia ochentera y canciones que saben que la nostalgia funciona mucho mejor cuando no se convierte en una excusa. Tolliday y Scott han encontrado un punto de encuentro inesperado entre sus respectivas trayectorias y han conseguido algo que no siempre resulta sencillo: hacer música profundamente enamorada del pasado sin sonar atrapada en él.

Si esto es solo el principio, habrá que prestar mucha atención a lo que venga después.

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