ÂME demuestra que el amor también se baila en un álbum repleto de colaboraciones

Frank Wiedemann y Kristian Beyer celebran más de dos décadas de trayectoria con Love Is The Dance, un álbum de once canciones que conecta house, techno, disco, pop y electrónica experimental a través de colaboraciones de lujo y una identidad melódica inconfundible


Veinte años dan para mucho. Para ver cómo el house se transforma, cómo el techno encuentra nuevas formas de expresarse y cómo las etiquetas musicales aparecen y desaparecen con una velocidad considerable. También para comprobar que hay artistas que, lejos de necesitar reinventarse constantemente, han conseguido construir un lenguaje propio capaz de sobrevivir a cualquier tendencia. Es el caso de ÂME, el proyecto compartido por Frank Wiedemann y Kristian Beyer, que regresa con Love Is The Dance, su nuevo álbum publicado hoy, 6 de noviembre, en Innervisions. Un trabajo que funciona como celebración de su recorrido, pero también como una declaración de intenciones sobre todo lo que todavía pueden explorar juntos.

El dúo alemán lleva años desarrollando una particular manera de entender la electrónica, siempre con la melodía como elemento central y una sensibilidad que conecta la pista de baile con territorios más emocionales. En este nuevo trabajo, esa personalidad se mantiene intacta, aunque se abre a diferentes mundos sonoros. Hay referencias al legado de Underground Resistance, ecos del mítico Compass Point Studios de Nassau, aproximaciones al pop electrónico, ritmos de inspiración africana y momentos donde la experimentación adquiere bastante protagonismo. Todo ello sin que el álbum pierda una cohesión que parece surgir de manera natural.

Un universo de colaboraciones y melodías

La apertura con ‘Wasted Time’ introduce al oyente en un terreno familiar, con una melodía de tintes fantasmagóricos y las voces envolventes de Jens Kuross. La transición hacia ‘Don’t Waste My Time’, junto a Trikk, termina de activar el mecanismo con una línea de bajo ondulante, acordes de piano contundentes y una progresión que va ganando intensidad. Es una buena carta de presentación para entender el equilibrio que busca el álbum entre emoción y funcionalidad.

‘Cold’, con Jeannel, apuesta por una sensibilidad más cercana al future pop, con sintetizadores brillantes y una interpretación vocal fragmentada que convierte la canción en una especie de declaración de amor agridulce. Mucho más agresiva resulta ‘Factor It’, donde ÂME reúne a Trikk y Henrik Schwarz en una producción de nervio industrial, campanas metálicas y sintetizadores afilados. Una colaboración que abandona cualquier tentación de sutileza para apostar por el caos controlado.

Uno de los momentos más coloristas llega con ‘Pha Na Pha’, junto a la sudafricana Busiswa. Su título, que en xhosa hace referencia a la expresión «aquí y allá», acompaña una composición festiva, expansiva y cargada de personalidad. La voz de la artista encuentra su sitio entre una melodía vibrante y una base que invita a dejarse llevar. En el extremo más delicado aparece ‘Water Be My Crown’, con el compositor y pianista Meredi, donde los elementos orgánicos, las cuerdas y los detalles electrónicos construyen una pieza de enorme sensibilidad.

De Compass Point a Detroit sin perder el norte

El álbum también reserva espacio para algunos de esos momentos donde reconocemos inmediatamente el ADN de ÂME. ‘Topanga’, primera composición sin colaboradores, ofrece una mirada nostálgica hacia la California de los años setenta, con una melodía luminosa y campanillas que parecen filtrar los últimos rayos de sol de una tarde interminable. Por su parte, la canción titular reúne al dúo con RY X en una nueva demostración de su capacidad para combinar una producción de gran intensidad con una interpretación vocal cargada de emoción.

También merece atención ‘Shadow Of Love’, junto a Curses, donde las referencias al synth pop oscuro de los ochenta encuentran acomodo en el particular músculo electrónico de los alemanes. Más adelante, ‘Raw’, con Rhye, rinde homenaje a Compass Point Studios, recuperando elementos del funk, el dub y los sintetizadores de aquella mítica factoría musical de Nassau. La voz de Rhye aporta sensualidad a una producción de bajo profundo y movimiento constante.

La conexión con la historia de la electrónica estadounidense aparece de manera especialmente explícita en ‘Asa’, un tributo al techno de Detroit y a Underground Resistance. Sus bajos envolventes, las capas de metales y una tensión que va creciendo progresivamente demuestran que ÂME no han olvidado las raíces que ayudaron a construir su identidad. Finalmente, ‘Of Courage’, con Karyyn, baja las revoluciones con piano y voces susurradas para cerrar el recorrido con un mensaje sencillo: dejar de pensar tanto y estar presente.

Love Is The Dance confirma que Frank Wiedemann y Kristian Beyer siguen encontrando nuevas formas de desarrollar su universo sin necesidad de renunciar a aquello que los ha convertido en referentes. Es un álbum generoso en matices, con colaboraciones que aportan personalidad y una mirada abierta a diferentes tradiciones musicales. Quizá no todas las canciones buscan la misma intensidad ni tienen idéntico impacto inmediato, pero esa diversidad forma parte de su atractivo. Después de más de veinte años, ÂME siguen defendiendo que la electrónica puede ser sofisticada sin perder su conexión emocional con el baile. Y, como recuerda el propio título, a veces no hace falta mucho más que amor y una buena melodía para que todo vuelva a tener sentido.

Comentarios