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martes, 6 de junio de 2017

Techno In The Park

El arranque de la nueva temporada de Brunch In The Park dejó a una Dasha Rush imperial y a un Jeff Mills que dividió opiniones

Empezando fuerte. Con Techno. Duro y sin concesión. Una jugada en las antípodas de lo que se podría esperar de Brunch In The Park porque estamos hablando de un espacio abierto en el madrileño parque Enrique Tierno Galván para un evento diurno, family friendly hasta cierta hora, solazo y sensación de que ya estamos a las puertas del verano. Posiblemente lo que pida el cuerpo con esas circunstancias sea algo más cálido y House. Pues no. La primera cita de la segunda temporada de Brunch llamaba la atención por una programación basada en música oscura, mental y más propia de la noche (o de primeras horas golfas de la mañana) y de lugares mucho menos luminosos. Lo del pasado domingo confirma que Madrid sigue teniendo alma Techno y un cartel en el que figura una leyenda como Jeff Mills, además de Dasha Rush, Psyk y F-On, es un reclamo suficiente en esta ciudad (y en cualquier otra) para asegurarse un lleno en el pistoletazo inicial de estas exitosas fiestas.


Brunch In The Park llega con aires renovados. Su puesta en escena es mucho más ambiciosa que lo que se vivió en septiembre y octubre del año pasado. El escenario y la cabina presenta un lavado de imagen más pulida y espectacular. Ahora ese escenario, que viene también con un refuerzo de sonido más que palpalble tanto en pista como en las gradas, da la sensación de festival. Uno de los puntos calientes por los que corrieron ríos de tinta fue el método de pago con recarga de tarjeta que había que adquirir en el mismo recinto y que ocasionaba colas interminables y un caos absoluto a la hora de devolver el dinero en las cajas a la salida. Eso ya es historia, vuelve el método tradicional de pagar en mano según consumes. En cada barra varias cajas para pagar con un camarero/a raudo y veloz para poner la consumición al momento. Como nuestra llegada fue bien entrada la tarde no podemos valorar otros elementos del Brunch In The Park como su mercadillo o los food trucks. Sí, fuimos directos al lío musical.

Lamentablemente no pudimos ver al talento local. Pero si nos tenemos que fiar de gente como Simón García, Víktor Flores y Razeed todos coincidieron que las primeras horas comandadas por F-On fueron magistrales (también se comenta que su cierre en el after oficial en Café Berlín estuvo a un nivel superior). No seremos nosotros los que neguemos la mayor. La veteranía es un grado y F-On sabe como nadie manejar una pista y adaptarse a cualquier situación con su impresionante maleta de plásticos.

Otro que a pesar de su juventud es todo un veterano es el madrileño Manuel Anós conocido como Pysk. De esos artistas que han sabido hacerse un nombre propio en la escena internacional con un Techno preciso y quirúrjico tanto pinchando como por su labor en el sello Non Series. Pudimos disfrutar de su última media hora basada en una música expeditiva y sobria en una tradición berlinesa. Un público variopinto y heterogéneo, como suele ser habitual en estos encuentros, se lo pasaba en grande entre cervezas, sol y ritmos duros.

Y entonces llegó ella. Dasha Rush desembarcó en Brunch In The Park con ganas. Puede que por su presencia en cabina no lo pareciera, porque es de esas artistas que son todo concentración con gestos hieráticos y pose seria, pero si nos ceñimos a la música fue la que mejor supo conectar en todo momento con el respetable. La rusa ofreció un set de Techno sin respiración, moderno, por momentos muy oscuro y por momentos muy mentales. Una primera hora que fue un rodillo industrial aniquilador y una segunda hora que discurría por senderos algo más ácidos y marcianos pero igual de contundente.  Ofreció pocos instantes en los que su selección musical oxigenaba a una pista de baile por momentos exhausta pero feliz de la zapatilla que repartía la de Fullpanda. Técnicamente impecable donde hasta se atrevió con pequeños trucos efectistas y efectivos como "scratchear" y soltar los temas al aire para romper la dinámica de mezclas impolutas donde no sabes cuando acababa un track y comenzaba el siguiente. Un set muy compacto lleno de coherencia. Sin duda, la gran triunfadora.


A Rush le dio el relevo la gran estrella de la tarde: un Jeff Mills que por donde va triunfa. Eso es así. El detroitiano necesita poca presentación porque es una leyenda viva en esto del Techno. Armado con el set up de sus últimos años -una 909 y los CDJ- con esa mezcla híbrida entre un Live y un Dj Set, The Wizard rebajó la contundencia comenzando por unos derroteros más cósmicos, propio de este alienigena, suponiendo una agradecida ruptura con lo anterior. Su show comenzaba y la gran mayoría nos frotábamos las manos.

Y tras unos primeros compases muy interesantes con un Mills más Mills que nunca, con mezclas rápidas y precisas mostrando su habilidad en cabina y metiendo un Techno con alma alienígena como no puede ser de otra forma, comenzó a tocar la 909 con un primer parón en el sonido con unos largos y tensos 5 segundos en los que no se sabía hasta qué punto fue hecho a propósito (porque es algo propio de él) o había sido un infortunio (la cara deletaba). Un primer punto de desconexión que arregló casi al instante cuando optó por quitarse de enmedio lo que todo el mundo espera y reconoce, su inmortal 'The Bells' que, obviamente, levantó al parque entero. A partir de ahí, el set comenzó a diluirse con nuevos parones, correcciones cada vez más evidentes, incluso llegando al descuadre. Vale que eso también es muy Mills de toda la vida por su forma de mezclar (aunque con la precisión de los CDJ aún en vinyl mode la excusa es cada vez más peregrina), pero el problema es que nos costaba meternos en su historia porque nos sacaba constantemente de ella. Un problema más de forma que de fondo, porque su selección sí que parecía acertada para el tipo de fiesta en la que estábamos, aunque siempre hay alguien que demandaba una marcha más.

A estas alturas de la película no se piden sesiones perfectas porque al final las imperfecciones son las pruebas fehacientes que te hacen ver que lo que estás viviendo es algo real y el que está en el escenario se lo está currando. Y Mills además de ser un creador excepcional es un currante como pocos y, a pesar de su aura de anunnaki, también es humano. Y errar es humano. Quizá fuera por un tema de sincronización con la 909 porque en los tramos que la manejaba, de forma maestra por cierto, era cuando más evidente se hacía esa sensación de que algo no encajaba con caras y miradas cómplices a nuestro alrededor. Es digno de admirar cuando se ve a un artista arriesga y se expone de esa forma, por eso Mills es quien es y se le respeta; pero la sensación fue que se le echaba de menos un punto de finura en la mezcla y le sobraba hosquedad que también salió a relucir con una ecualización bastante bruta. Aún así con ese núcleo central algo regulero, remontó el vuelo en la recta final cuando la tarde caía. Con el sol escondiéndose volvió la fuerza del americano sobre todo con un solo con la 909 que supo a gloria.


En resumen y bajo nuestra percepción ¿Fue la peor sesión del americano? Por supuesto que no ¿De alguien como Mills se puede esperar mucho más? Obviamente sí. Ha tenido días mucho más brillantes y es normal que alguien como él, que genera tanta expectación por una forma tan particular de entender la música y tan especial a la hora de mostrarla, no sea infalible. A Mills, como leyenda que es, unos siempre le van a exigir más y otros le van a perdonar todo. Y ambas posturas son comprensibles porque Mills se lo ha ganado.

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